EN DIFERIDO: Las Vírgenes Suicidas (The Virgin Suicides)

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Maravillas de la vida, sorpresas agradables y encuentros evocadores no suceden todos los días.

Ayer, sin esperarlo y haciendo zapping, me topé en una cadena de televisión la ópera prima de Sofía Coppola, su primer largometraje Las Vírgenes Suicidas. Recuerdo hace años cuando fue noticia. El nombre de la directora, de los actores y de la atmósfera que envolvía el trailer. Llamó mi atención pero por cosas que ni recuerdo, no la vi en su momento.

Supongo que mereció la pena esperar. O ignorar mejor dicho. Han pasado catorce años de su estreno y esta cifra da para muchos cambios. De la vida se bastante más que en 1999, con lo que la sesión de anoche me pilló bastante más ubicada y centrada. Cosas de la edad. Y con esta perspectiva que los años te da, puedes mirar retazos de la adolescencia y analizarlos en un contexto aislado, alejada de ese intervalo complicado.

La historia que Sofía Coppola rodó es bonita, siniestra, triste, dulce o incluso poética. Escribió el guión a partir de la novela de Jeffrey Eugenides y narra una fábula de abusos y sus consecuencias.

Una familia modélica, los Lisbon, en el marco de los años setenta americanos viven su particular versión de la existencia. Cinco hijas preciosas concadenadas en edad, desde los trece a los diecisiete. Casi perfectas. Típico tumblr_lwf6w9GVD31qea4huo1_500ejemplo de la belleza yanqui con sus cabellos dorados y sus sonrisas perfectas. Unos padres singulares donde los haya. El cabeza de familia (James Woods), anodino, ausente e inmerso en su propia supervivencia. Una madre autoritaria (Kathleen Turner), ferviente católica que roza el fanatismo y que impone su propia ideología como un karma ineludible en sus hijas.

Todo fluye dentro de su peculiaridad. Pero el primer síntoma de la falsedad de esta armonía es el intento de suicidio de la más pequeña de las hijas, Cecilia. Con trece años vive desilusionada, sin ánimos de descubrir ni de disfrutar los pasos que regalan esos fantásticos e irresponsables años. Un psiquiatra (Danny  DeVito) advierte que  ha sido  un toque de atención. Una necesidad urgente de dar oxígeno a esta criatura asqueada demasiado pronto. Los Lisbon afrontan el suceso con sus pautas habituales. La madre impone la fiesta y el jolgorio dentro de casa, bajo su custodia. Y allí mismo, simplemente cambiando de habitación, Cecilia consigue al fin su propósito.

Dentro del drama que supone este suceso, existen unos testigos de excepción de la vida de esta familia. Sus vecinos, unos adolescentes románticos y perdidamente enamorados de las hermanas Lisbon. De hecho, la historia de estas jóvenes es recordada y narrada por ellos veinte años después puesto que no consiguen superar el trauma de la fatídica PDVD_000historia.

Con Cecilia fallecida, la madre cierra aún más si cabe el círculo en el que introduce a sus hijas y de ellas, es Lux (Kirsten Dunst) la más díscola e irreverente. Ansiosa por explorar y gozar del sexo, de manera furtiva se entrega a todo aquel que la seduzca. Hasta que aparece un despiadado ladrón de virtudes, guapo y enamorado de ella (Josh Harnett) y en un cortejo insistente la convence de su amor. Con buenos deseos e intenciones, acaban formando un grupo de jóvenes, las cuatro hermanas y cuatro chicos. Acuden a un baile vestidas como diosas bucólicas y entre tanto duende y tanta magia, Lux comete un error y es traicionada. El reproche de su madre acaba por recluirlas dentro de su casa y de allí ya no vuelven a salir. Cada una soporta el confinamiento como puede, pero la patente chispa de Lux ha desaparecido. Abandonada, tan solo puede introducirse más en la esencia pueril y dejarse llevar por sueños y anhelos que solo son factibles en la mente de una quinceañera. Mediante códigos secretos y símbolos religiosos, consiguen crear una pauta comunicativa con sus respetuosos vecinos y lo que promete ser una fuga, acaba siendo la tragedia que desconcierta de por vida a estos muchachos.

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La sinopsis viene a ser esta, sin más detalles para descolgados como yo. Pero si dedicas un tiempo a valorar este largometraje con su historia, su fotografía, su música, sus bellezas y sus omisiones y silencios, llegas a la conclusión de su grandeza.

¿Qué puede existir en la vida de un ser humano más complicado y emocionante que la adolescencia?. Es el momento del todo, de la fuerza, del despertar y del drama. Del poderío físico y la pequeñez emocional. Del sufrimiento más absoluto por nimiedades y la explosión de alegría por un atardecer en el campo. Y sobre todo, del momento en el que se le reclama a un medio niño, que vaya ocupando su lugar en el mundo.

En mi opinión Sofía Coppola acierta en el planteamiento. En los puntales sobre los que apoya la trama. Transmite con planos fotográficos (en los que Kirsten Dunst se come la pantalla) una belleza irreal, de jóvenes perfectas y dulces pero ausentes y escurridizas. Presenta una época diferente, lejana, con pinceladas oníricas y todo con el fin de vivir la historia como si fuésemos adolescentes. ¿Qué más da si un sacerdote (Scott Glenn), acude a la casa tras la muerte de la primera hermana y simplemente obvia lo anormal de la situación familiar?. Aquí no se critica nada, ni la obsesiva y asfixiante devoción de su madre siquiera. Aquí se plantea lo injusto de una sociedad hipócrita que pretende encasillar  en un rol concreto desde bien pronto, a seres que dan sus primeros pasos en el mundo adulto. También se le da una patada sutil, pero patada igualmente, a la prensa sensacionalista que como buena depredadora convierte a las víctimas en artículos de oficina, en objetos meramente desechables y foco de atención momentánea.

Recomiendo esta historia dramática pero bella, que en algún segundo del metraje me ha recordado a Flores en el ático o Cuenta conmigo. La primera por tratarse de una historia de reclusión y la segunda porque los traumas de adolescencia nos acompañan hasta la madurez.

Danny DeVito en su personaje de psiquiatra, le pregunta a la pequeña Cecilia tras su primer intento de suicidio, “¿Qué haces aquí si aún no sabes lo mala que es la vida?”, a lo que la niña responde “Doctor, usted nunca ha sido una niña de trece años”.

A todos o casi todos se nos ha olvidado lo que fue aquello, oficialmente. Extraoficialmente lo recordamos cada día sin ser conscientes de ello, cada vez que la vida adulta nos conduce por el camino de aguantar, soportar y decidir en cada minuto.

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